sábado, 23 de febrero de 2013

El hombre amarillo y las furias



         I.            Embestida

Los textos que se reúnen y versan en La isla en peso (Unión, 2012), se agolpan contra el pecho dejando una indescifrable apariencia de estar hechos de agua. Se recrean en una perfección que no puede ser ocultada, puesto que en cada línea se avanza y agitan las bases en ese terremoto consecuente: entonces nuestro cuerpo, tiende a rozar leve e indeciso, el éxtasis.
¿Qué es lo que no se podrá decir de Virgilio Piñera en los versos que corren sobre La isla en peso? Acaso un estiramiento de la imagen, una repatriación en tono vernáculo, un sosiego vanguardista que pisa enérgico, una fuerza inimaginable. Aún así, todo lo que incluye (la isla y sus rituales) tiende a recrear un lejano enjambre de meditaciones desde la parte baja del siglo xx.
La isla… es acción pura y no una función de ópera. Una vez que se navega hacia ella, la tierra se diluye, los pájaros no despiertan a la ciudad, el polvo se acumula y, aquello firme, nos convoca, realza la tentación desde lo efímero. “El espejo es neutral”1 y trabaja sobre el mito (su desaparición, y por tanto, su conversión en fantasma).
Virgilio Piñera, en la tristeza amarilla, no escalona sentimientos, no los administra, y la inevitable circunstancia es una música que se atasca. En ese silencio provocado los paisajes destruyen la intimidad, el resultado que vibra. Destapa esa isla la confusión, donde los perros juegan a lamer las rodillas en señal de esclavitud; donde solo un color se concibe, color matizado mientras más nos adentramos en el libro.
Esa división triple, sostenida a veces en el núcleo, indica que no todo se ha dicho en los poemas, más bien se ha mostrado el principio de lo que pudo ser establecido. Dentro de ese parámetro no son, cabalmente, poemas circulares, cerrados. Ellos abren la puerta con un ímpetu desgarrador: buscan felicidad o descanso; encuentran grietas y abismos.
En el primer muelle de la isla se propone la saliva corrosiva –sin pretensión de gran avance–, con la asimilación irreductible de la fuerza oculta del verso, sin aquello que pueda ser obstinado y libre, como incansable regreso al retorno de esa distancia violable del caído en el poema.
La medida in extremis y las figuras y tropos que se usan, lo tornan polémico porque cierta libertad poética es la consecuencia del apego a las formas tradicionales. Nada queda al descuido en La isla…, ni el más mínimo golpe, ni siquiera el tormento de escribir en la nota exacta.
El poema “La isla en peso” hace parecer a los demás intentos de poesía; pero esto sucede cuando se mira en la superficie de un libro que, en sí, es un ente puro. El movimiento que tiene dentro obliga a su lectura, y deja una palabra como rector: el retorno. Casi-angelical, carga con la responsabilidad del título del libro, escrito por un alocado bardo. Pero no contribuye, su destaque, al recuerdo del resto.
Y creo que de eso va la madeja, el libro es un eterno retorno, porque Virgilio se está yendo hacia el principio, porque Piñera se disfraza de todos sus personajes para ennoblecer el acto poético.
La primera persona recorre casi todo el libro, desde un “yo” que no se atrasa y siente cómo lo hecho, es inalcanzable. La respuesta del lector no es necesaria. Debe sentarse a escuchar/ver/tocar/degustar/leer la sensación que ofrece. Si no está preparado cerrará la puerta; si lo está, tendrá la sensación de haber obtenido algo que es indefinible.
La extática razón de estar frente a un mito, quizá, le propina esa condición de verdad develada y redimensiona cada palabra que sostiene. Alcanzar un libro que encierra, a pesar suyo, esa otra visión, es un privilegio.
La isla en peso es más de lo que dice su inicio. Es mucho más que un intento de no decir; porque faltó durante mucho tiempo, regresa con un vuelo de piedra filosofal en una risa plena.
Virgilio Piñera extrajo de otros lugares una isla concierto, una isla de semillas y frutales. Una isla de encierro que no espera. En ese caso, al querer distinguirse por una fuerza individual, la amalgama ya tenía un futuro desastroso.
La unión de los símbolos que crecieron fuera del imaginario propuesto por el grupo antagónico (grupo Orígenes, liderado por José Lezama Lima y Rodríguez Feo, que establecía una creación adjunta a la divinidad), llevó la hechura estructural de Virgilio, aparentemente sencilla, a traspasar hacia otro referente fuera de lo místico religioso, donde lo carnal (tómese carnal como contacto abrasivo entre los integrantes de las esferas sociales) se enrarece a partir de los puentes sujetos sobre plataformas tan contundentes como: la falta, el no-olvido, la cercanía, la monotonía.
Puesto que la fuerza editorial de ese tiempo la poseía el otro, la consumación artística se regía (y se rige) por las capas dentro de las cuales se movían, y la sacralización de los valores morales terminaba en la adoración a los íconos, la cosmogonía poética de Virgilio quedó (y queda) al margen.
También su propia ausencia (definitiva durante un período interrumpido de doce años) disminuía esa voz activa que necesita la propaganda de su literatura.
Los textos fundan el viaje y su curador intentó rescatarlos. Pero no pudo, la certeza aplasta cuando se ve de cerca eso que será la ruina. Las lágrimas cesan con el último sonido de una lata de galletas, bocabajo, percutora; y también cesa el chirrido de la verja, el oído pegado a la pared, que ya no escucha.
Mucha isla queda fuera de esa isla, que, ante todo, es un mural de estereotipos urbanos pertenecientes al cosmos recordado, y esa repetición (no olvidar los años que, maravillosamente, Virgilio puso bajo cada poema como firma) se actualiza. Hace sesenta años estamos quietos, por el regreso, por devolver la mirada hacia atrás con ensimismamiento; eso también deja el libro entre las manos. La quietud abre la herida, lo inamovible es imparable, la aureola aturde la visión de un pueblo «rodeado de agua por todas partes».
Un paralelo a lo construido por esos años, un paralelo a lo edificado por estos, recarga el peso de la isla, como bolsa se hunde en la tierra fluida bajo los pies, y está llena de huecos por lo vieja y gastada, por esos huecos se juega a mirar y no se mira, por esa mirada se rebota en la palabra, en la punta de una aguja entra hiriendo el ojo, el juego, y se convierte en otro hueco de la bolsa.
La isla en peso besa libertades que están allí, en la piel de una isla comiéndose a sí misma, en lo que la puebla.
La soledad donde se concibió no disminuye el empuje de cada página, con valentía las cosas vienen a despedirse de su forma natural y la metamorfosis encuentra, a través de ellas, la asimilación y concordancia que durante mucho se creyó mística. La soledad y el silencio de ese libro no ahogan lo que lo hace cierto.
¿Cómo acercarse al incorpóreo? ¿Cómo abrir la mueca que hace en silencio? ¿Hacia dónde fue Virgilio que no pidió compañía?
En el hueco del cordal, un dulce dolor nos despierta en la noche. El grito sordo no molesta. En ese espacio, la cascada con su flujo destruye las estatuas. Las grandes voces han hecho la crucifixión pero quiso algo-por-encima que ese mundo llegara a quien lo busca.
Leer los poemas (que sí son) de La isla en peso es un viaje físico y metafísico que se entremezcla. No existe allí la sobrenaturaleza, lo cotidiano poetizable, lo real maravilloso, lo mágico, lo oculto, lo secreto; en sí el secreto es no-secreto, visible, tangible, sucio degradado, distinto que está en la bajocerteza expuesta.
Ausencia de lo divino, la poesía no viene de ninguna parte, en tanto que el poema siempre se hace con el roce, y no solo el roce, sino esta indetenible e inestable congoja de que todo se hace cierto.
Entonces, ¿Será preciso encontrar la madeja? ¿Resolverla?, en el verso de Virgilio todo lo que se dice acumula, y todo lo que no se dice es también parte de su diana; la mano que empuja hacia la búsqueda no es la de Virgilio y toda la leyenda que lo envuelve, sino esa atracción por el núcleo exacto de la poesía.

LOS DATOS DE UN CARACOL


...en Kashmir, perviven solo sombras: un hoplita
desnudo, una lady Murasaki que no es sino piel, vestidos
y cultura, el Kubla Khan de Coleridge, el Endymion de
Keats, un gladiador andaluz, Giordano Bruno y otros.
Todos son fantasmas errantes por los desiertos de
Arabia o por los corredores de algún Palacio del
Silencio.

Garrandés, Alberto: Cubaliteraria, 06 de marzo de
2012
La plataforma del símbolo es una de
esas alucinaciones que se despierta en medio de la noche del cuerpo de uno y
atraviesa la fuerza de establecer un criterio firme, sin la aseveración de que las
cosas están allí como preguntándose. Dos veces necesaria explicación, desde la
extensión narrativa que el poema adquiere cuando la preferencia comunicativa se
establece. El hilo de la historia misma está en desventaja cuando manipulada, no se
llega a sedimentar entre los oídos/ojos de lectores no tan bien confirmados, y la
amarga píldora de la ignota realidad se le visibiliza cuando el camino hecho de
piedras fluorescentes se tuerce y se tuerce y se trenza entre los otros caminos
bifurcados por la acción deliberada del que intenta no precipitar el simulacro.
Conviene ensalzar un enigma milenario: ¿Qué se encuentra detrás de una
puerta que está detrás de una puerta y ésta, al verse detrás de otra puerta, juega
con sus colores más demorados? ¿Cómo se resuelve el acertijo?
Los detalles de la reinvención llegan desde disímiles puntos de un plano que
abraca las cuatro dimensiones propuestas por miles de experiencias vitales: la
altura, el ancho y el largo, el tiempo, se confunden en la amalgama de referentes
plástico-histórico-conceptuales que hacen de todas las armas utilizadas una visión
ajedrecista, una construcción que como sistema, recarga no una búsqueda estética
en la simbología, sino la concordancia del mínimo equidistante con ciertos guiños
también plástico-histórico-conceptuales.
Donde se ve un caracol glandecoide, montado por lo que parece un hada que
trata de besar su propia desnudez, un fiero golpe se sucede entre las dos imágenes y
el blanco (presente a lo largo del libro), por el cansancio de la monta/cópula está
ahí administrado; y la pamela adornada sobre el libertino peinado agarra bajo el
brazo una fusta hiriente, le ha cerrado los ojos al hada que calza el mágico zapato
de cristal. La posición retorna del caracol, que apunta su agujero a lo que parece la
frente del hada, amenaza su espalda, en una sugestión recíproca, desde el naufragio
ornamental del orgasmo.
Kashmir en tono terroso, se conjuga con la cromatura destino para la pareja,
que se manifestó en el camino inestable, una mañana inmensa detrás de una
ciudad que prefiere el golpe seco a la política. La oscuridad renuente, pero
oscuridad traviesa, contrasta con la mirada asiática de una mujer de rasgos
concordes al estupefaciente; por sobre lo blanco, el vacío o la total homogenización
de lo que se pliega al fondo, sostiene ese cansancio de la mujer aletargada. Con un
detalle dieciochesco grabado a la semejanza de carteles de exposición para el
viajero, resalta la pérdida de objeto de esta “fotografía del alma” que girada cientoochenta-
grados, también en croma degradada desde el blanco intenso a ocre
siniestro, solapa el eterno salto de la soledad a esa Soledad.
En esa sincronía, el humo, crea la guerra de las especies. Las paradisíacas
estructuras de los relatos, establecen un ritmo decisivo, obligan por una parte a
redimir nostálgicos viajes a la semilla, y por otra, a revisitar términos que en
súplica, dilatan el acercamiento a esa raíz musical que se ofrece. Con todo esto, no
está delimitada la fuerza concertal de los escalones necesarios.
Basta el paralelismo de algunas nociones para hilvanar una tradición de
ambiguas (medias) verdades, que recatadas también en prosa poética, usan a la
pausa como basamento funcional entre línea y línea que sugiera el directo asombro
de una imagen “nueva”. Basta que una vez el referente no descontextualizado se
haga cierto entre las manos alejadas del lector inhóspito, para que Kashmir resurja
de esas cenizas que cubren los anaqueles de las librerías.
La pausa, en estricto merecimiento, ennoblece el acto “poético” que se quiere
lograr con el simulacro bien orgánico.
Sin nombres, pero con epítetos congruentes de los llamados “a contar”, entre
las páginas de la reunión de esta plataforma simbólica que ya Garrandés tiene por
costumbre, el erotismo, lejos de rozar cada línea, se hace acto necesario, se hace
partícipe como un ente naturalizado en la forma y lo subjetivo, que se maneja para
dejar caer en hermetismo exclusivo (y no es una redundancia) la madeja que no se
deshace.
Ahora, el Erotismo de Garrandés, casi-pornógrafo, fetichista intromiso, no
alega complacimiento, no alega convalecencia, no está a favor de empujar la sangre
hacia un coito imaginario con la forma nivelada de lo estrofado.
Lo hecho párrafo, escalonado por slashes, mudando de objetivos,
rafagueando una infraestructura pictoricista, que al parecer distiende sus brazos
por sobre el poema contemplativo, pero sin una retro/alimentación visible, hace el
esfuerzo por retratar la capacidad informativa de su interlocutor, que casi lo hace si
la lectura se amenaza a sí misma con esa superficialidad triple que desgaja
esfuerzos infructuosos al tratar y no “ver” en conjunto toda la “obra paginada”.
«En el agua del deseo hay una manzana leonada / un vaso de cerámica con
pétalos de aquella vieja flor imperial en almíbar de azafrán» (p.59) y hay
también la voz que se pregunta y la voz que no responde con un silencio
incuestionable. El Yo-seré besa cada página que duele en esa digresión acerca de lo
verdadero y lo no-verdadero que establece como panorama el hecho de no poder y
no perdonar no poder.
«Se perfectamente que la imagen, medio soñada, de un pájaro-jinete, no tiene
nada que ver, en la praxis literaria cotidiana, con el cuerpo deseante, […] con el
lenguaje del sexo y con la pulsiones de lo erótico» –escribe Garrandés, dentro del
discurso que abre no el diálogo, sino la reflexión del sí-para-sí, porque lo dicho
desde el sueño con la intención de haberlo soñado propone una espiral que trenza
los estados que manejará cabalmente, porque «[…] una ventaja muy grande que
tiene el hecho de ser escritor es la de habitar un espacio tenazmente intransferible
(por más que nos esforcemos en transferirlo)... donde las individualidades quedan
visibilizadas o desnudas».
Entonces la plataforma del símbolo que ha quedado expuesta, desconcierta
con los ataques que quedan fuera de ese espacio, destrona la paciencia que se
puede encontrar dentro de las páginas, de una vez el sol blanco se convierte en lo
blanco dentro, y en esa espiral traviesa entre roces y gritos y de que si tuviéramos
un sorbo de imagen de dónde agarrar esto que se fue y no ha quedado, existe el
vasto ejercicio de lo común poetizable.
La solución de la estructura deviene ejemplo meritorio, el ser desnudo
(hoplita) difiere de su desnudez corpórea, la Mujer (arácnida) que sabe todos los
artificios del sexo detiene su obra, los momentos carnosos que se extirpan del texto
(sexo) me traen a colación un poeta galés:
«Y ese es el roce, el solo roce que estimula. /El proxuberante mono
columpiándose a la par de su sexo /desde la húmeda eroscuridad y la torsión de
la nodriza /nunca podrá alzar la medianoche de una sonrisita, /ni cuando
encuentra una belleza en seno /de amante, madre, amantes, o sus seis /pies en el
polvo que roza.
¿Y qué es el roce? ¿La pluma de la muerte sobre el nervio? /¿Tu boca, mi
amor, el cardo en el beso? / (...) /mis heridas palabreras están impresas con tu
pelo. /Me haría cosquillas el roce que es: /Hombre sé mi metáfora»*.
* Dylan Thomas: Si me hiciera cosquillas el roce del amor.

seguir el rastro de la estatua




Libro: País de Estatuas, Ian Rodríguez Pérez, Sanlope, 2011 
Autor: Ricardo López Lorente

«El restaurador, para seducir a las estatuas, tiene que dominar el silencio»; y tiene que saber, también, el complejo espejo de su habilidad. Este “país” se encuentra en todas partes y en partes conviene un silencio que se nutre de esa mirada blanca, aunque por ciertos momentos deja a la vista otros materiales: bronce, hierro, esa otra roca que verdea: jade. Dentro de los “recursos” es muy visible lo callado, como plataforma para crear una sensación de irreversible ansiedad. A pesar, de que sea muy difícil, extremadamente difícil, construir una posición fija frente a la poesía de Ian Rodríguez; ya que simula una visión cómoda frente a la imagen, lo cual requiere la fuerte negativa de un abrazo; puesto que eso (el abrazo) crece en la inmovilidad de estas estatuas.
El concierto estimula esta tonada, un animal revisitado influye y salta hacia nosotros, viene húmedo de mar, viene con esta clave que abre sus alas: el alcatraz, ahondando en la satisfacción de su vuelo por sobre Prometeo encadenado, tan preguntón hasta el hastío, y sobre vuela también a Quevedo, desde la extraña ironía recubierta con el misticismo del dorado siglo de los peces. Apostar por una estructura aceleradamente sencilla, place a la imagen y la proyecta velozmente, creando un out-zoom sobre el paisaje impreso en la memoria. Sabe Ian que sus “versos” serán repetidos infinitamente, y esa locución inmortal estará a manos de ese lector que quiere viajar: al improbable.
La figura del alcatraz aparece de repente, tras la estatua sin nombre (todas las estatuas, al fin y al cabo, son una sola estatua) acusa al ostracismo del panorama nunca envejecido. Acaso es una visión preliminar ante aquello negado por el alcatraz. Acaso estaríamos tan equivocados, como para no ver y no saber y no admitir que esta presencia, sólo es verdadera en el territorio de las estatuas. «Nada tiene más sentido que el aroma de tu ausencia en las ramas que el viento agita» [pp.29]. La mujer aparece como una forma espiritual que no quiere ceder espacio; el erotismo siendo objeto de investigación, nos tienta a su inmolde extrañeza. La mujer, que tiene varios nombres (y uno de ellos en consecuencia es: Estatua), con una estola marmórea, y esa candidez exacta, precipita partiéndose en pedazos, pero no llega al suelo por que las manos del restaurador le sostiene y no deja caer su música.
En la mediana altura nace un cambio de ritmo: «Un amigo es también tu soledad» [p.34], el “juego” comienza a enredarse en las manos del restaurador; pues el ejército silencioso no padece sino de inmortalidad.
«Cerca de ti, ¿por qué tan lejos verte?» Aprieta Guillén ese gatillo, ese puente en la distancia que destaca, primero: una frontera; segundo: estamos dispuestos a cruzarla; tercero: Ian nos estará esperando en la mitad justa del puente con la amabilidad del descubrimiento. Pues sabe que nada es más importante que seguir adelante. Y nosotros nos apoyamos en la estatua de un alcatraz, nos descubrimos eso que llega, moverse en el sentido de la estatua es, también, que ella se mueva hacia nosotros.
Aunque no hayan ojos, ni nariz, ni forma exquisita de la piel, la estatua está ahí esperando a ser reconstruida; pues no importa el musgo, ni la herrumbre, no importa nada salvo conocer el paradero que bajo nosotros hizo una estatua. Casi en movimiento, casi nos señala, nos recuerda que cualquier noche es necesaria para vernos. En un parque. Bajo la forma que vio crecer a nuestros padres, o bajo la que un día verán: los hijos de nuestros hijos: aquellos que besaron bajo ella, hablaron, abrazaron, retozaron con sus sexos proclamando la forma de un orgasmo, recordarán para siempre quién los vio: esa figura inmóvil que atrapa Ian y hace que viva.
Sólida forma poética que establece: «Cuando me abandone el verso ¿seré ceniza?» [pp.30] Abandono total cuando una estatua habla (o un busto, su forma simplificada) en una voz que trasciende la historia misma: todas las razas optaron (y optan) por la estatua como sentido eficaz. «Pero nadie a mi dolor responde» (Guillén), «como si se tratara de la más postergada de todas las esperanzas que se postergan» (Ian) [pp. 55]. El ruido se oculta, y es esa similitud eso que hace este libro sensible.
Existe un momento interesante pescado por el alcatraz, como sólo él sabe hacerlo:
«(…) Si el día deja caer como al descuido, su aburrido velamen, y empuñas toda su astucia (…) »
«(…) Si te apegas, si realmente es esta, tu adusta fatalidad —ésa que te niega y al mismo tiempo te reafirma—. Desde toda su diablura, con toda su inocencia, sabrás de antemano, aquello que es posible (algunas estatuas esperanzadas) se aventuren a revelarte (…)»
[Num. 42; pp 52]
Y no queda nada más que saber el final de este “cuento-poema”, y ese final no es descubierto hasta que lejos del libro ya cerrado, una tarde cualquiera, donde ese parque sin nombre te atrapó como un árbol, bajo la presencia exclusiva del bronce, el hierro, el jade, el mármol, recuerdas el nudo en la garganta que el silencio del país de las estatuas no descorrió, siquiera te incitó a deducir la forma de soltarlo.  Como si el alcatraz, no fuera él mismo, sino su sombra; y cargaras de modo subcutáneo «los parajes tan recónditos e ignorados»;  desde donde, «proviene el desafinado violín que en tu pecho silencias».
II
«No despierta. /La doncella se resiste. /Desconfía». (Ciudadano Común; Xiomara Rodríguez). Tres visiones que en perfecto reconocimiento de especie, podrían corresponder a las estatuas.  Cuando Ian dice: «En tus labios el silencio adopta formas confortables, brevemente conciliadoras, y como todo lo breve, necesarias, agónicas, tiranizantes argucias».  [pp. 26] Una dimensión umbral proviene de alguna parte, donde lo importante no es la eternidad, no es lo quieto, no es lo insomne. Curiosa propuesta de la otra-vida, en amena sombra, la prosa poética no le alcanza para probar que: el sitio existe, es hermoso. El fragmento [de lo cual se acusa el propio Ian: Y como yo soy total/mente un poeta arrítmico (o mi ritmo es más bien heavy)//Ariel año IX, no. 1, Cuarta época, 2006; La misión (o de cómo Ismael propone un viaje dialogado)], so pena de quedar solo, se inmiscuye (confunde) con ese/a a quien va dirigido el golpe, la misiva, el mensaje, en resumen: la diana confluyente. 
«Hay en lo común poetizable esta directa hazaña que en llanísimo lenguaje, superpone aquello develado» (Lezama). ¿Qué es lo que se busca con un libro que habla de estatuas que se mueven (no ciencia ficción), de pájaros grandísimos (el alcatraz), de mujeres que llegaron a pasarse lo esencial por esa parte oscura del camino; qué es lo que se busca? «Una estatua, para resistir la impronta de los restauradores, primero debe encontrar, y luego ir perfeccionando, su manera de entregarse». [pp. 21] Así responde Ian, con esa organicidad tonal donde: «a punto de tener en las manos un rostro posible, distingue con quién compartir este silencio frágil del que es acreedor por costumbre». Entonces el ostracismo no es una vida fácil, que con paciencia, restaure el tiempo perdido.
Ahora, aseguro que «leyendo un poema de Ana Ajmátova recordé el olor de los calabozos» (La filosofía de los huecos; Ariel año VI, no. 1-2, Cuarta época, 2003, pp. 19), hubo el 23 de enero de 2002, Nocturnidades II como presagio:
Todas las noches, las mujeres tatuadas/esperan por el restaurador. /Durante esa profunda catedral de sueños dispersos /ansían los dedos apresurados del restaurador. /Desde el cuello a la cintura,  la voluntad de restaurador. /Fistin dólar y tocas el clítoris –chamusquean /las mujeres tatuadas /al oído oportuno del restaurador, /del restaurador acechado, /del restaurador sin familia que alimentar, /del triste o desanimado restaurador portugués, /de restaurador alemán, griego, o argentino, /tal vez, comunitario; con menos exigencia /si se confiesa católico, o cristiano, al fin y al cabo /un restaurador. Marino o comerciante, /restaurador solitario, /más vale si joyero o empresario cubano. /Todas las mujeres tatuadas, /y esto sí que es una regla, coleccionan al menos /un restaurador nocturno /dispuesto, bajo cualquier circunstancia, /a mitigar nocturnidades, supuestamente /irreparables.
Donde el comienzo apretado del símbolo se matiza sobre un solo punto; pero luego pluraliza y lo vuelve un país (País de Estatuas), confiriendo alternativas hechas desde parábolas oficiantes.


En las islas de Pascuas, inmortales en vigilia, no disimulan su combinación con el paisaje, ese “callado” complemento impone que se “escuche” los ecos traídos por el mar. Con el viento como personaje, allí se defienden, sin brazos ni argumentos para sostener esa respuesta; invitar al levantamiento es su más lejana cuestión, más bien su posición advierte la espera, y en esa lícita dicotomía, a uno, que no es tan inerte, le dan ganas de saber qué quieren decir con esa erguida pasión disimulada. En la China, el movimiento fue elemental en esos soldados que acompañan hacia el otro lado a su “indefenso” mártir; en terracota, cada rostro es nuevo, cada animal tiene sus propias cicatrices; la violencia inmóvil se pega a las paredes ante el holocausto; y nadie creyó que miles de ellos iban a ser sacrificados; siempre supieron: se les llevaría hacia la eternidad. En el Mediterráneo, la barba fue una característica cardinal que evidenciaba cierta amplitud en el conocimiento; y la búsqueda de esa “belleza” se instauró hasta que la otra patria grande tuvo suficiente voz para alzarse (*ismos, *istas, movimientos y tendencias literarias). En América, que sufría de la cambiante fuente de las migraciones, las estatuas cargadas de “espejos humanos” entre plumas y huesos colgaban sobre los ojos de las gentes.

martes, 27 de noviembre de 2012

Dios te haga de una vez /esta noche no duermo…



Titulo: El diario de Eva y otras prehistorias
Editorial: Pinos Nuevos, 2008
Autor: Ricardo López

Al pasarme la mano por el rostro, cierro los ojos pidiendo que al abrirlos eso que soy desaparezca ante mí; y eso que no seré, sea; ante el todo, algo más que el abrazo de lo que me precedió. La parábola es una señal que nos deja rectificar nuestra posición para con las cosas, desde una historia muy vieja (la más vieja de todas) que siempre tiene aristas por donde arribar a su desenlace, “un nombre se nos hace más humano desde la palabra pronunciada/escrita por la poetisa” (Fina García Marruz) y adquiere esa tremenda fuerza que no estamos acostumbrados a ver en una experiencia de tal calidad.
Saber lo que se hace al escribir podría parecer superfluo; pero cuando los símbolos denotan otra estrategia, una voz regaña a quienes no creen en que la verdadera empatía poética se crea al abrir los ojos por primera vez al mundo. Eso sucede en las primeras páginas de Del diario de Eva y otras prehistorias, que no solamente nos remite a la mágica plasticidad que un cuadro pueda ejercer sobre los hombros; algo cordial se asoma, no es solo la manzana eso que caprichosamente se da para pecar ante sus Ojos (“No hay obra mínima si proviene de un corazón desapegado ni obra importante si proviene de un corazón lleno de deseos”. Kitab Al-Hikam), sino la tersura /el labio /el pistilo de luz. Quien hoy vive en esa Eva, se multiplica por los caminos de un diario comprometido con sus placeres, con sus deudas, con sus cruces para ennoblecer el día desde sonidos de pájaro cantor.
Categorías que se moldean delante como se modela el barro, adquieren re-visitaciones a lo ya perdido en la bruma, destacan cierta pregunta al vuelo que distingue el hecho poético irreversiblemente. ¿Quién es /Qué es Dios? Hacia dónde buscamos respuestas, acaso estas son los signos que dejaron miles de voces a los más grandes librepensadores de nuestra época y las anteriores. Eva no se detiene ante el parto de sus hij@s, como se detuvieron muchas, ella tiene tatuado un símbolo que se ilumina luego de la pérdida y los avatares más siniestros que la historia pudo recoger. Eva frente a quienes la enjuician, lucha por sus principios desde cualquier parte, aunque contra todo pronóstico, Eva quiere, ama, necesita.
El erotismo compacto se muestra desde una estructura que limita vanguardista con  la necesidad eterna de no callar, se reviste de el trofeo /el lauro de la creación /a imagen y semejanza de su sombra que abre un espacio necesario para que la lectura se detenga sobre el cuestionamiento filosófico; y se deroguen las manchas de las tendencias de predominio sexual (machismo, feminismo). La delicadeza del poema no tropieza, ni estalla, siquiera tartamudea luego de que se acostumbre a que la posibilidad del verso sea mucho más rica y progresista. Un viaje comienza desde que abres los ojos luego de pasar las manos estrujándote el rostro, exigiendo abrirlos, y eso que encuentras no eres tú, sino una referencia alejada; pero claro, también, Adán de bruces sobre el sueño… como quien descansa sus días en sólidos logaritmos crepita ante la imaginación de su compañera.
Lo oculto, paciente, regresa con años de retraso, hacia la verdadera razón de su existencia; y esa nube no quiere desaparecer tan fácilmente, es que la cercanía establece a la autora con una legión, los lectores; presiona fuerte sobre la imagen y su coloratura. Hay en ese Diario, ciertas prehistorias, nacientes elogios que no tuvieron tiempo de decirse y se transformaron en poesía, para que su sabor fuese constante y palpable. Miles de maneras hay, para construir en una hoja (de papel) un poema, pero pocas formas de atrapar por un instante la poesía. Eliseo, Eduardo, Manzano,  y otros, hacen su presencia adánicamente, conmueven a la autora, y Encinosa se permite escribirles un poema. 
En el poema: “Atenea mediante”, donde la libertad profesa esa variabilidad de escoger qué dioses acompañaran al margen del camino. Una añoranza, un desespero, esta intranquilidad que despereza y arriba al doliente en la carrera (clara alusión a juegos griegos, donde se premia la entereza atlética y al vencedor se recompensa con una encina, galardón que la misma Palas-Atenea sostenía sobre su cabeza), ella consiente: “Aún soy ánfora /vacía”, dejando una atmósfera expectante, interviniendo la esperanza, creyendo; y después de que le “han guardado al mejor premio” /y suya “ha de ser la gloria /de saciar al vencedor”, ahí están sus manos, su oquedad tremenda en un dolor que se atreve a ir más allá de lo esperado; bajo la mirada exclusiva de la diferencia, una mujer habla al estrado escéptico. Para resolver la pericia de la diosa que también gusta de sólo hacer favores, ella apresa a una “Atenea [que] descansa en su vientre /su elegancia y el peplo de la diosa /peligran de idéntica languidez”, con el acierto de la muda en personalísimo avance crea un puente entre esas ambigüedades, comparado a lo que la narrativa llama vasos comunicantes, ahora en “la fragilidad de su textura aguarda el gran final /y la vigilia desespera el golpe del aceite”, regala esta prima que nos da el último aliento: “apresúrate atleta /no flaquees en el salto”.
También hay, un acierto en el tono y persona que escoge Encinosa, celebración de la búsqueda reacia a caer en las trampas de un lenguaje que cae en circuitos detestables; restituye la palabra al cuestionamiento del artista; obliga la propuesta a buscar ciertos puntos no muy mencionados en la Historia Clásica; deja que la insularidad no amedrente esa historia repetida; y con simbología centrada vuela desde sentimientos que sabemos precisos y desdoblados ante tal acto poético.
En el Diario de Eva y otras prehistorias, se encuentra la promesa de una singularidad dada a soltar el primer amarre del Argos, la promesa estilizada, una presencia del borroso y distante mundo del momento milagroso, una prehistoria poética que vale la pena.