sábado, 23 de febrero de 2013

Dios te haga de una vez /esta noche no duermo…



Titulo: El diario de Eva y otras prehistorias
Editorial: Pinos Nuevos, 2008
Autor: Ricardo López

Al pasarme la mano por el rostro, cierro los ojos pidiendo que al abrirlos eso que soy desaparezca ante mí; y eso que no seré, sea; ante el todo, algo más que el abrazo de lo que me precedió. La parábola es una señal que nos deja rectificar nuestra posición para con las cosas, desde una historia muy vieja (la más vieja de todas) que siempre tiene aristas por donde arribar a su desenlace, “un nombre se nos hace más humano desde la palabra pronunciada/escrita por la poetisa” (Fina García Marruz) y adquiere esa tremenda fuerza que no estamos acostumbrados a ver en una experiencia de tal calidad.
Saber lo que se hace al escribir podría parecer superfluo; pero cuando los símbolos denotan otra estrategia, una voz regaña a quienes no creen en que la verdadera empatía poética se crea al abrir los ojos por primera vez al mundo. Eso sucede en las primeras páginas de Del diario de Eva y otras prehistorias, que no solamente nos remite a la mágica plasticidad que un cuadro pueda ejercer sobre los hombros; algo cordial se asoma, no es solo la manzana eso que caprichosamente se da para pecar ante sus Ojos (“No hay obra mínima si proviene de un corazón desapegado ni obra importante si proviene de un corazón lleno de deseos”. Kitab Al-Hikam), sino la tersura /el labio /el pistilo de luz. Quien hoy vive en esa Eva, se multiplica por los caminos de un diario comprometido con sus placeres, con sus deudas, con sus cruces para ennoblecer el día desde sonidos de pájaro cantor.
Categorías que se moldean delante como se modela el barro, adquieren re-visitaciones a lo ya perdido en la bruma, destacan cierta pregunta al vuelo que distingue el hecho poético irreversiblemente. ¿Quién es /Qué es Dios? Hacia dónde buscamos respuestas, acaso estas son los signos que dejaron miles de voces a los más grandes librepensadores de nuestra época y las anteriores. Eva no se detiene ante el parto de sus hij@s, como se detuvieron muchas, ella tiene tatuado un símbolo que se ilumina luego de la pérdida y los avatares más siniestros que la historia pudo recoger. Eva frente a quienes la enjuician, lucha por sus principios desde cualquier parte, aunque contra todo pronóstico, Eva quiere, ama, necesita.
El erotismo compacto se muestra desde una estructura que limita vanguardista con  la necesidad eterna de no callar, se reviste de el trofeo /el lauro de la creación /a imagen y semejanza de su sombra que abre un espacio necesario para que la lectura se detenga sobre el cuestionamiento filosófico; y se deroguen las manchas de las tendencias de predominio sexual (machismo, feminismo). La delicadeza del poema no tropieza, ni estalla, siquiera tartamudea luego de que se acostumbre a que la posibilidad del verso sea mucho más rica y progresista. Un viaje comienza desde que abres los ojos luego de pasar las manos estrujándote el rostro, exigiendo abrirlos, y eso que encuentras no eres tú, sino una referencia alejada; pero claro, también, Adán de bruces sobre el sueño… como quien descansa sus días en sólidos logaritmos crepita ante la imaginación de su compañera.
Lo oculto, paciente, regresa con años de retraso, hacia la verdadera razón de su existencia; y esa nube no quiere desaparecer tan fácilmente, es que la cercanía establece a la autora con una legión, los lectores; presiona fuerte sobre la imagen y su coloratura. Hay en ese Diario, ciertas prehistorias, nacientes elogios que no tuvieron tiempo de decirse y se transformaron en poesía, para que su sabor fuese constante y palpable. Miles de maneras hay, para construir en una hoja (de papel) un poema, pero pocas formas de atrapar por un instante la poesía. Eliseo, Eduardo, Manzano,  y otros, hacen su presencia adánicamente, conmueven a la autora, y Encinosa se permite escribirles un poema. 
En el poema: “Atenea mediante”, donde la libertad profesa esa variabilidad de escoger qué dioses acompañaran al margen del camino. Una añoranza, un desespero, esta intranquilidad que despereza y arriba al doliente en la carrera (clara alusión a juegos griegos, donde se premia la entereza atlética y al vencedor se recompensa con una encina, galardón que la misma Palas-Atenea sostenía sobre su cabeza), ella consiente: “Aún soy ánfora /vacía, dejando una atmósfera expectante, interviniendo la esperanza, creyendo; y después de que le “han guardado al mejor premio” /y suya “ha de ser la gloria /de saciar al vencedor”, ahí están sus manos, su oquedad tremenda en un dolor que se atreve a ir más allá de lo esperado; bajo la mirada exclusiva de la diferencia, una mujer habla al estrado escéptico. Para resolver la pericia de la diosa que también gusta de sólo hacer favores, ella apresa a una “Atenea [que] descansa en su vientre /su elegancia y el peplo de la diosa /peligran de idéntica languidez”, con el acierto de la muda en personalísimo avance crea un puente entre esas ambigüedades, comparado a lo que la narrativa llama vasos comunicantes, ahora en “la fragilidad de su textura aguarda el gran final /y la vigilia desespera el golpe del aceite”, regala esta prima que nos da el último aliento: “apresúrate atleta /no flaquees en el salto”.
También hay, un acierto en el tono y persona que escoge Encinosa, celebración de la búsqueda reacia a caer en las trampas de un lenguaje que cae en circuitos detestables; restituye la palabra al cuestionamiento del artista; obliga la propuesta a buscar ciertos puntos no muy mencionados en la Historia Clásica; deja que la insularidad no amedrente esa historia repetida; y con simbología centrada vuela desde sentimientos que sabemos precisos y desdoblados ante tal acto poético.
En el Diario de Eva y otras prehistorias, se encuentra la promesa de una singularidad dada a soltar el primer amarre del Argos, la promesa estilizada, una presencia del borroso y distante mundo del momento milagroso, una prehistoria poética que vale la pena.

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