Titulo: El diario de
Eva y otras prehistorias
Editorial: Pinos
Nuevos, 2008
Autor: Ricardo López
Al pasarme la mano por el rostro,
cierro los ojos pidiendo que al abrirlos eso
que soy desaparezca ante mí; y eso
que no seré, sea; ante el todo, algo más que el abrazo de lo que me precedió.
La parábola es una señal que nos deja rectificar nuestra posición para con las
cosas, desde una historia muy vieja (la más vieja de todas) que siempre tiene
aristas por donde arribar a su desenlace, “un nombre se nos hace más humano
desde la palabra pronunciada/escrita por la poetisa” (Fina García Marruz) y
adquiere esa tremenda fuerza que no estamos acostumbrados a ver en una experiencia de tal calidad.
Saber lo que se hace al escribir
podría parecer superfluo; pero cuando los símbolos denotan otra estrategia, una
voz regaña a quienes no creen en que la verdadera empatía poética se crea al
abrir los ojos por primera vez al mundo. Eso sucede en las primeras páginas de Del diario de Eva y otras prehistorias,
que no solamente nos remite a la mágica plasticidad que un cuadro pueda ejercer
sobre los hombros; algo cordial se asoma, no es solo la manzana eso que
caprichosamente se da para pecar ante
sus Ojos (“No hay obra mínima si proviene de un corazón desapegado ni obra
importante si proviene de un corazón lleno de deseos”. Kitab Al-Hikam), sino la tersura /el labio /el pistilo de luz.
Quien hoy vive en esa Eva, se multiplica por los caminos de un diario
comprometido con sus placeres, con sus deudas, con sus cruces para ennoblecer
el día desde sonidos de pájaro cantor.
Categorías que se moldean delante
como se modela el barro, adquieren re-visitaciones a lo ya perdido en la bruma,
destacan cierta pregunta al vuelo que distingue el hecho poético
irreversiblemente. ¿Quién es /Qué es Dios? Hacia dónde buscamos respuestas,
acaso estas son los signos que dejaron miles de voces a los más grandes
librepensadores de nuestra época y las anteriores. Eva no se detiene ante el
parto de sus hij@s, como se detuvieron muchas, ella tiene tatuado un símbolo
que se ilumina luego de la pérdida y los avatares más siniestros que la
historia pudo recoger. Eva frente a quienes la enjuician, lucha por sus
principios desde cualquier parte, aunque contra
todo pronóstico, Eva quiere, ama, necesita.
El erotismo compacto se muestra desde una estructura que limita vanguardista
con la necesidad eterna de no callar, se
reviste de el trofeo /el lauro de la
creación /a imagen y semejanza de su sombra que abre un espacio necesario
para que la lectura se detenga sobre el cuestionamiento filosófico; y se
deroguen las manchas de las tendencias de predominio sexual (machismo, feminismo). La delicadeza del
poema no tropieza, ni estalla, siquiera tartamudea luego de que se acostumbre a
que la posibilidad del verso sea mucho más rica y progresista. Un viaje
comienza desde que abres los ojos luego de pasar las manos estrujándote el
rostro, exigiendo abrirlos, y eso que
encuentras no eres tú, sino una referencia alejada; pero claro, también, Adán de bruces sobre el sueño… como quien
descansa sus días en sólidos logaritmos crepita ante la imaginación de su
compañera.
Lo oculto, paciente, regresa con años
de retraso, hacia la verdadera razón de su existencia; y esa nube no quiere desaparecer
tan fácilmente, es que la cercanía establece a la autora con una legión, los
lectores; presiona fuerte sobre la imagen y su coloratura. Hay en ese Diario, ciertas prehistorias, nacientes
elogios que no tuvieron tiempo de decirse y se transformaron en poesía, para
que su sabor fuese constante y palpable. Miles de maneras hay, para construir
en una hoja (de papel) un poema, pero pocas formas de atrapar por un instante
la poesía. Eliseo, Eduardo, Manzano, y otros,
hacen su presencia adánicamente, conmueven a la autora, y Encinosa se permite
escribirles un poema.
En el poema: “Atenea mediante”,
donde la libertad profesa esa variabilidad de escoger qué dioses acompañaran al
margen del camino. Una añoranza, un desespero, esta intranquilidad que despereza
y arriba al doliente en la carrera (clara alusión a juegos griegos, donde se
premia la entereza atlética y al vencedor se recompensa con una encina,
galardón que la misma Palas-Atenea sostenía sobre su cabeza), ella consiente: “Aún
soy ánfora /vacía”, dejando una
atmósfera expectante, interviniendo la esperanza, creyendo; y después de que le
“han guardado al mejor premio” /y suya
“ha de ser la gloria /de saciar al vencedor”, ahí están sus manos, su oquedad tremenda en un dolor que se
atreve a ir más allá de lo esperado; bajo la mirada exclusiva de la diferencia,
una mujer habla al estrado escéptico. Para resolver la pericia de la diosa que
también gusta de sólo hacer favores,
ella apresa a una “Atenea [que] descansa en su vientre /su elegancia y el peplo
de la diosa /peligran de idéntica languidez”, con el acierto de la muda en personalísimo avance crea un puente
entre esas ambigüedades, comparado a lo que la narrativa llama vasos comunicantes, ahora en “la
fragilidad de su textura aguarda el gran final /y la vigilia desespera el golpe
del aceite”, regala esta prima que
nos da el último aliento: “apresúrate atleta /no flaquees en el salto”.
También hay, un acierto en el
tono y persona que escoge Encinosa, celebración de la búsqueda reacia a caer en
las trampas de un lenguaje que cae en circuitos detestables; restituye la
palabra al cuestionamiento del artista; obliga la propuesta a buscar ciertos
puntos no muy mencionados en la Historia Clásica; deja que la insularidad no
amedrente esa historia repetida; y
con simbología centrada vuela desde
sentimientos que sabemos precisos y desdoblados ante tal acto poético.
En el Diario de Eva y otras prehistorias, se encuentra la promesa de una
singularidad dada a soltar el primer amarre del Argos, la promesa estilizada, una presencia del borroso y
distante mundo del momento milagroso, una prehistoria
poética que vale la pena.
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